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Cuando el cuerpo dice lo que no dices

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Piernas de una persona caminando por una pasarela de madera en un bosque

Hay una frase que mucha gente escucha al final de una ronda de pruebas y que hace más daño del que parece: “no tienes nada”.

Quien la recibe suele llevar meses con dolores de estómago, con mareos, con una opresión en el pecho o con una contractura que no cede. Y sale de la consulta con dos cosas: unos resultados normales y la sospecha de que se lo está inventando.

Empecemos por ahí, porque es lo primero que aclaramos en la primera sesión: el síntoma es real. El dolor duele. Lo que ocurre es que su origen no está donde se ha buscado.

Qué está pasando de verdad

No hay ninguna frontera limpia entre mente y cuerpo, aunque nuestra manera de organizar la medicina lo sugiera. El estrés sostenido produce cambios fisiológicos medibles: tensión muscular mantenida, alteraciones en la motilidad intestinal, cambios en el patrón respiratorio, activación del eje del cortisol.

Esos cambios producen síntomas. Los síntomas asustan. El susto aumenta la vigilancia sobre el cuerpo. Y esa vigilancia hace que se noten sensaciones que normalmente pasan desapercibidas, lo que confirma la sospecha de que algo va mal.

Ese bucle —síntoma, miedo, atención al cuerpo, más síntoma— es el corazón del problema, y es donde se puede intervenir.

Por qué las pruebas normales no tranquilizan

Es una de las cosas que más nos preguntan. Si el TAC salió bien, ¿por qué sigo preocupado?

Porque la tranquilidad que da una prueba dura poco. Al día siguiente el síntoma vuelve, y con él la duda: ¿y si se les pasó algo? Entonces se pide otra prueba, otra opinión, otra especialidad. Cada nueva comprobación alivia unos días y refuerza la idea de fondo de que ahí hay algo que encontrar.

Es exactamente el mismo mecanismo de comprobación que aparece en la ansiedad, aplicado al cuerpo.

Qué se hace en consulta

Primero, descartar bien. Esto es importante y no lo saltamos nunca: el trabajo psicológico empieza después de una valoración médica adecuada, no en lugar de ella. Un síntoma físico merece que se mire.

Después, entender el patrón. Casi siempre hay uno. El dolor de cabeza que aparece los domingos por la tarde. La molestia digestiva que coincide con las semanas de entrega. Ponerlo por escrito durante unas semanas suele revelar una relación que la persona no había visto.

Reducir las comprobaciones. Dejar de palparse, de buscar síntomas en internet, de pedir la siguiente prueba. Cuesta, y es la parte que más alivio produce a medio plazo.

Recuperar actividad. Es contraintuitivo. Cuando algo duele, lo lógico es parar, y parar está bien unos días. Sostenido en el tiempo, el reposo desacondiciona, aumenta la atención sobre el cuerpo y empeora el dolor. La vuelta gradual a la actividad forma parte del tratamiento.

Y a veces, mirar lo que no se está diciendo. No siempre, pero ocurre con frecuencia: detrás de un síntoma persistente hay una situación que la persona no se ha permitido nombrar. Un trabajo insostenible, un duelo sin hacer, una relación que hay que terminar. El cuerpo tiende a insistir en lo que la cabeza aparca.

Si te has reconocido

Tener síntomas psicosomáticos no significa ser débil ni exagerado. Significa que un sistema que funciona bien en el corto plazo lleva demasiado tiempo encendido.

Aquí explicamos con más detalle qué son los trastornos psicosomáticos, cómo se reconocen y cómo se tratan. Y si quieres contárnoslo, escríbenos: te responde un psicólogo colegiado.