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El síndrome del impostor no se cura con más logros

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Escritorio despejado con teclado y pantalla junto a una ventana con luz de tarde

Un detalle llama la atención de este cuadro: casi nadie que lo consulta tiene motivos objetivos para sentirlo. Llegan con buenos resultados, con ascensos, con el reconocimiento de sus compañeros. Y con la certeza íntima de que en algún momento alguien se dará cuenta de que no dan la talla.

No es un trastorno con entrada propia en los manuales diagnósticos. Es un patrón, está bien descrito y es tratable.

El mecanismo, que es lo interesante

Lo que sostiene el fenómeno no es la falta de logros, sino cómo se procesan.

Cuando algo sale bien, se atribuye a factores externos: hubo suerte, el tribunal era benévolo, el proyecto era fácil, alguien echó una mano. Cuando algo sale mal, se atribuye a uno mismo. Ahí sí, eso fui yo.

El resultado es que ningún éxito puede confirmar la competencia, porque cada uno se descarta en cuanto ocurre, mientras que cada error confirma la sospecha de fondo. Por eso acumular méritos no funciona: entran en un sistema diseñado para no contabilizarlos.

Sobre eso se montan dos estrategias que empeoran las cosas.

La primera es sobrepreparar. Dedicar a una presentación de veinte minutos el triple de horas de las necesarias. Cuando sale bien, se atribuye al esfuerzo desmedido y no a la capacidad, así que la próxima vez habrá que repetirlo.

La segunda es evitar. No presentarse a la plaza, no pedir el aumento, no proponer la idea en la reunión. Así nunca se pone a prueba la sospecha y, al no ponerse a prueba, no se desmiente.

Quién lo consulta más

Aparece con más frecuencia en personas etiquetadas pronto como brillantes, en quienes ocupan puestos donde nadie de su entorno de origen había llegado antes, y en quienes trabajan en sitios donde son la excepción por género, edad o procedencia.

En estos últimos casos conviene una distinción que se pasa por alto: a veces no es una distorsión. A veces el entorno está exigiendo el doble para conceder la mitad de crédito. Ahí el trabajo no consiste en corregir el pensamiento, sino en decidir qué hacer con una situación que es real.

Qué se trabaja

Los criterios. Casi siempre hay un listón implícito que sería absurdo aplicar a otra persona. Explicitarlo suele bastar para que se caiga solo.

Las atribuciones. Registrar durante unas semanas qué pasó, qué pusiste tú y qué pusieron las circunstancias. En frío y por escrito, la distribución cambia.

La tolerancia a hacerlo suficientemente bien. Entregar un trabajo al ochenta por ciento y comprobar qué ocurre. Normalmente no ocurre nada, y esa comprobación vale más que cualquier razonamiento.

El silencio. Es un patrón que se sostiene sobre no contarlo. Cuando alguien lo verbaliza en un equipo, es habitual que dos compañeros digan que les pasa lo mismo. Eso solo ya lo debilita.

Cuándo esto pasa a ser otra cosa

Cuando aparece ansiedad anticipatoria intensa antes de cada evaluación, cuando el trabajo se lleva las noches y los fines de semana de forma sostenida, o cuando estás rechazando oportunidades por miedo a que te descubran. Ahí ya no es una inseguridad manejable: es un problema que está tomando decisiones por ti.

Si te suena, escríbenos.