La vida adulta que no termina de empezar
Hay un motivo de consulta que llega sobre todo entre los veintitantos y los treinta y muchos, y que cuesta nombrar porque no se parece a un síntoma. La persona no está deprimida en sentido estricto, ni tiene un trastorno de ansiedad. Lo que describe es otra cosa: la sensación de estar en una sala de espera indefinida.
Contratos que duran meses. Un alquiler que se lleva la mitad del sueldo. La imposibilidad de hacer un plan a dos años porque no se sabe dónde se va a estar. Y una comparación permanente con lo que a esa edad tenían sus padres.
Empecemos por lo que no vamos a hacer
No vamos a decirte que es una cuestión de actitud.
Es importante decirlo porque hay bastante discurso terapéutico que, con buena intención, acaba responsabilizando al individuo de una situación estructural. Si tu problema es que cobras poco y los alquileres están donde están, ninguna técnica de reestructuración cognitiva va a cambiarlo. Y tratar un problema real como si fuera una distorsión del pensamiento es, además de inútil, una forma sutil de gaslighting.
Dicho eso, hay algo que sí es del ámbito psicológico y que sí se puede trabajar: el efecto que la incertidumbre sostenida tiene sobre el funcionamiento.
Qué hace la incertidumbre prolongada
La incertidumbre aguda se tolera bien. Es la crónica la que desgasta.
Cuando no se puede planificar, la mente tiende a hacer dos cosas. La primera es rumiar sobre escenarios, porque anticipar da la ilusión de control. La segunda es aplazar decisiones que sí serían posibles, porque todo queda supeditado a lo que no se sabe: ya me apuntaré a eso cuando tenga trabajo estable, ya empezaré aquello cuando sepa dónde voy a vivir.
El resultado es una vida en suspenso. Y a la vida en suspenso se le añade con frecuencia una capa de culpa, porque objetivamente no hay ninguna desgracia, y entonces uno concluye que además es un quejica.
Qué se puede trabajar
Separar lo que depende de ti de lo que no. Suena a tópico y no lo es cuando se hace por escrito y con detalle. La mayoría de la gente descubre que la lista de lo que sí controla es más larga de lo que sentía, y también que llevaba meses gastando energía en la otra columna.
Recuperar decisiones aplazadas. Casi siempre hay tres o cuatro cosas que se han pospuesto a la espera de una estabilidad que no llega y que, mirándolas de frente, no dependían de ella. Ese desbloqueo suele producir más alivio que cualquier otra intervención.
Construir estabilidad donde sea posible. Si el trabajo y la vivienda no la dan, puede darla otra cosa: una rutina, un vínculo, una actividad sostenida en el tiempo. No es un consuelo menor; es una necesidad psicológica real que hay que cubrir por alguna vía.
Poner límite a la comparación. Comparar la propia situación con la de una generación que accedió a otro mercado de vivienda y de trabajo no aporta información útil, y sí bastante desmoralización.
Y cuando toque, aceptar sin resignarse. Aceptar no significa dar por buena una situación injusta. Significa dejar de gastar recursos en pelear con lo que hoy no se puede cambiar, para tenerlos disponibles en lo que sí.
Cuándo consultar
Cuando la incertidumbre ha dejado de ser una circunstancia y se ha convertido en un estado: si llevas meses con el ánimo bajo, si has dejado de hacer planes de cualquier tipo, si duermes mal de forma sostenida o si has empezado a aislarte.
Eso ya no es el contexto. Es lo que el contexto te ha hecho, y sí tiene tratamiento.
Escríbenos y lo miramos.