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"Me lo he mirado en redes y creo que tengo TDAH"

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Persona sentada en una silla junto a una puerta verde, mirando el móvil en una habitación abuhardillada

Es una frase que hace diez años no se oía y ahora se oye casi cada semana. Llega con TDAH, con altas capacidades, con trastorno límite, con autismo en adultas, con apego ansioso. Casi siempre con un vídeo concreto como detonante: uno en el que alguien describía algo y encajaba demasiado.

La reacción de una parte del gremio ha sido despachar el fenómeno con condescendencia. Nos parece un error, y también un desperdicio.

Lo que estos vídeos hacen bien

Han conseguido algo que la divulgación clásica no consiguió: que gente que llevaba años pensando que era vaga, desordenada o demasiado intensa se pregunte por primera vez si lo que le pasa tiene una explicación distinta.

Eso tiene valor clínico real. En mujeres adultas con TDAH, por ejemplo, el infradiagnóstico está bien documentado: durante décadas el criterio se construyó sobre el perfil del niño inquieto, y una niña despistada que aprobaba no encajaba en él. Muchas han llegado a los cuarenta con una idea de sí mismas construida sobre un malentendido.

Que un vídeo abra esa pregunta no es un problema. El problema es lo que pasa después.

Dónde está el fallo

Todo el mundo cumple algunos criterios. Los síntomas de la mayoría de los cuadros psicológicos son experiencias humanas comunes llevadas a un extremo. Perder las llaves, aburrirse en una reunión, empezar tres cosas sin terminar ninguna: eso le pasa a todo el mundo. Lo que convierte un rasgo en un trastorno no es su presencia, es su intensidad, su persistencia desde la infancia y el grado en que deteriora la vida de la persona. Un vídeo de sesenta segundos puede transmitir el síntoma; no puede transmitir el umbral.

El formato premia lo que se comparte, no lo que es cierto. Un vídeo que dice “si te pasa esto, probablemente tengas X” funciona mucho mejor que uno que dice “esto puede deberse a doce cosas distintas y hace falta una valoración”. El algoritmo no distingue entre información y afirmación rotunda.

El diagnóstico se convierte en identidad. Cuando alguien se explica entero a través de una etiqueta, deja de mirar otras causas posibles. Y muchas cosas que se parecen al TDAH —falta crónica de sueño, ansiedad, un consumo de cannabis sostenido, una depresión, un trabajo sin estructura— tienen tratamientos completamente distintos.

Se pierde lo que hay debajo. Es lo que más vemos. Alguien llega convencido de tener TDAH y, escuchando su historia, lo que aparece es una ansiedad de años que nunca se trató. La etiqueta equivocada no solo no ayuda: aparta la mirada de donde había que mirar.

Qué hacer con la sospecha

No la tires. Tráela.

Es información útil: el hecho de que algo te haya resonado tanto significa algo, aunque no signifique lo que el vídeo decía. En una valoración se contrasta con tu historia completa, con cuándo empezó, con qué áreas de tu vida afecta y con qué otras explicaciones podrían dar cuenta de lo mismo.

Un apunte práctico sobre el TDAH en concreto: en España, su diagnóstico corresponde a profesionales sanitarios habilitados y requiere una evaluación completa, no un cuestionario en línea. Si tras la valoración psicológica hay indicios, lo que corresponde es derivar, no etiquetar.

Y una cosa más, que decimos poco pero importa: también es posible que no tengas nada. Que estés agotado, que tu trabajo esté mal organizado o que lleves dos años sin dormir bien. Eso también merece atención, y no necesita un nombre clínico para merecerla.

Si tienes una sospecha dando vueltas, escríbenos y la miramos.