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Volver en septiembre: por qué cuesta tanto y cuándo deja de ser normal

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Camino de tierra entre árboles de otoño, con una persona caminando a lo lejos

Cada septiembre reaparece la etiqueta del síndrome postvacacional, y cada septiembre conviene aclarar lo mismo: no es un diagnóstico. No figura en ninguna clasificación clínica. Es una manera coloquial de nombrar algo que sí existe y que se siente de verdad.

Lo interesante no es la etiqueta, sino qué hay debajo.

Por qué cuesta

Hay una parte fisiológica que se pasa por alto. En vacaciones cambian los horarios de sueño, la exposición a la luz, la actividad física y las comidas. Volver a la rutina significa reajustar todo eso a la vez en dos o tres días. El cuerpo tarda entre una y dos semanas en recolocarse, y mientras tanto uno está torpe y de mal humor. Es normal y se pasa.

Hay otra parte que se pasa aún más por alto, y es la que a nosotros nos interesa: las vacaciones interrumpen la anestesia de la rutina.

Cuando trabajas once meses seguidos a un ritmo alto, no hay espacio para preguntarse si esto te gusta. Al parar, ese espacio aparece. Y a veces con él aparece una respuesta incómoda sobre el trabajo, sobre la relación o sobre la vida que llevas.

Por eso la vuelta no duele por lo que dejas atrás. Duele porque durante dos semanas has tenido tiempo para pensar y ahora vuelves a lo que ya sabías.

Lo que ayuda las dos primeras semanas

Recolocar el sueño antes de que empiece todo. Adelantar la hora de levantarse tres o cuatro días antes de la vuelta ahorra la primera semana de niebla.

No llenar la agenda de golpe. La tentación de compensar lo no hecho concentrando compromisos en septiembre es fuerte y sale cara.

Dejar algo en el calendario. Que todo lo bueno haya quedado detrás es una lectura deprimente y además falsa. Un plan concreto en octubre cambia el marco.

No tomar decisiones grandes la primera semana. Con el ánimo bajo y el cuerpo desajustado, las decisiones salen mal. Si en septiembre sigues pensando lo mismo que pensabas en agosto sobre tu trabajo, en octubre seguirá ahí para decidirlo con más luz.

Cuándo dejar de llamarlo postvacacional

Este es el motivo real de este artículo. Lo esperable es que en dos o tres semanas la cosa se haya normalizado. Si a mediados de octubre sigues igual, ya no es la vuelta.

Conviene consultar si te reconoces en alguna de estas:

  • Te cuesta levantarte y no es por sueño, es por no querer empezar el día.
  • Has dejado de quedar con gente y pones excusas cada vez con menos esfuerzo.
  • El domingo por la tarde se ha convertido en un mal rato fijo.
  • Aparecen síntomas físicos sin causa médica: molestias digestivas, dolores de cabeza, tensión que no cede.
  • Bebes más de lo que bebías en junio y lo has notado.

Ninguno es grave por sí solo. Varios a la vez y sostenidos durante un mes describen algo que conviene mirar, y que suele responder bien y en pocas sesiones cuando se coge a tiempo.

Si te ha pasado más de un septiembre seguido, tampoco es casualidad. Cuéntanoslo.