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Terapia online: qué dice la evidencia y para quién no es la mejor opción

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Rincón luminoso de una casa con mesa junto a la ventana y suelo de madera

Cuando empezamos a atender por videollamada, allá por 2011, la pregunta habitual era si aquello podía funcionar de verdad. Hoy la pregunta se ha invertido: mucha gente da por hecho que sí y lo que quiere saber es si a ella, en su caso concreto, le conviene.

Es una pregunta mejor. Y merece una respuesta honesta, incluida la parte que no nos favorece comercialmente.

Lo que sabemos

Para los motivos de consulta más frecuentes en la práctica clínica de adultos —ansiedad, depresión, estrés, fobias o problemas de pareja— la terapia por videollamada muestra resultados comparables a la presencial. Es un hallazgo consistente en la literatura de las últimas dos décadas y ha dejado de ser objeto de debate.

Tiene sentido si se piensa en qué hace que una terapia funcione. Los factores que más pesan son la calidad del vínculo entre paciente y terapeuta, que el problema esté bien formulado y que se trabaje de forma sistemática entre sesión y sesión. Ninguno de los tres depende de estar en la misma habitación.

Lo que el formato online aporta de verdad

Menos de lo que se anuncia en unas cosas y más de lo que se dice en otras.

Continuidad. Es la ventaja grande y la menos publicitada. Los tratamientos se abandonan cuando la vida se complica: un cambio de turno, una mudanza, un viaje de trabajo, un hijo con fiebre. Poder mantener la sesión desde otro sitio evita que un tratamiento que iba bien se corte a la mitad.

Acceso. Si vives en una localidad pequeña, si tu horario laboral no encaja con el de ninguna consulta, o si buscas a alguien con una especialización concreta, el formato online amplía las opciones.

Menos fricción para empezar. Para determinadas consultas —sexualidad, adicciones, cualquier cosa que dé vergüenza contar— escribir desde casa tiene una barrera de entrada más baja que cruzar una sala de espera.

Cuándo recomendamos presencial

Aquí es donde conviene ser claros, porque no todo el mundo lo es.

Cuando hay riesgo. Ideación suicida activa, autolesiones o un trastorno alimentario con compromiso físico requieren una coordinación y una inmediatez que el formato online no garantiza. En esos casos derivamos o trabajamos presencialmente.

Cuando no hay un sitio donde hablar. Es más frecuente de lo que parece. Si convives con la persona sobre la que necesitas hablar, o si compartes piso con las paredes finas, la sesión se autocensura sola. Hemos visto tratamientos estancarse por esto durante semanas sin que nadie lo nombrara.

Cuando el problema es la evitación. En algunas fobias y en la agorafobia, salir de casa forma parte del tratamiento. Hacerlo todo desde el salón puede reforzar justamente lo que se quiere modificar.

Cuando la tecnología añade estrés. Si cada sesión empieza con quince minutos de problemas de conexión, eso deja de ser una anécdota y pasa a ser un obstáculo.

Sobre el chat escrito

Ofrecemos también sesiones por chat, y merecen una advertencia. Funcionan bien para quien se expresa mejor escribiendo y para trabajar sobre material concreto. No sustituyen a la videollamada en una primera valoración, porque sin voz ni gesto se pierde bastante información clínica. Por eso, para esta modalidad, conviene hablar antes con el terapeuta sobre si encaja en tu caso.

Cómo decidirlo

No hace falta que lo decidas tú de antemano. En la primera respuesta valoramos qué formato encaja mejor con lo que nos cuentas, y si creemos que necesitas algo distinto de lo que ofrecemos, lo decimos.

Escribe tu consulta y lo vemos. Si quieres ver antes las modalidades y los precios, están en tarifas.